sábado, 18 de agosto de 2012

"Mientras esto ocurre, han comenzado los pavorosos preparativos. Ya está la leña amontonada al pie del poste, ya chirrían las cadenas con las que Servet debe ser colgado del palo, ya el verdugo tiene amarradas las manos del condenado. Entonces, acércase por última vez Farel hasta Servet, el cual no hace más que suspirar en voz baja: "¡Dios mío! ¡Dios mío!", y le grita, con coléricas palabras: "¿No tienes otra cosa que decir?" Todavía espera aquel desalmado pedante que Servet, a la vista del poste del martirio, confesará la verdad única verdadera: la calvinista. Pero Servet responde: "¿Qué otra cosa podría hacer sino hablar de Dios?"

Desengañado abandona Farel a su víctima. Ahora no resta ya nada más sino que el otro verdugo, el del cuerpo, realice su función pavorosa. Con una cadena de hierro, es colgado Servet del poste, atado con una maroma que da cuatro o cinco vueltas alrededor del estenuado mártir. Entre el cuerpo viviente
y la soga que lo oprime cortándolo cruelmente, sujetan aún los ayudantes del verdugo un ejemplar del libro y aquel manuscrito que Servet, en otro tiempo, sub sigillo secreti, le había enviado a Calvino, pidiéndole su opinión fraternal; por último, todavía le plantan, como mofa, una repulsiva corona de dolor en la cabeza, una guirnalda de laurel untada con azufre. Con estos crudelísimos preparativos queda terminado el trabajo del verdugo. Ya no se necesita más que prender simplemente fuego al montón de leña y con ello queda ya comenzado el asesinato.

Cuando brotan por todas partes las llamas, lanza el martirizado un grito tan espantoso, que todo el mundo, durante un momento, vuelve la cabeza estremecido. Pronto, el humo y el fuego envuelven aquel cuerpo que se retuerce en su tormento; sin cesar y de modo cada vez más penetrante, brotado de la carne viviente lentamente devorada por el fuego, escúchase el estridente grito de dolor del que sufre de indecible modo. Por último, retumba su postrero y fervoroso clamor de angustia: "¡Jesús, hijo del eterno Dios, ten piedad de mí!" Media hora dura este indescriptible y horrendo combate con la muerte. Sólo entonces descienden las ya ahitas llamas, el humo fluye en desparramados chorros, y del ennegrecido poste, colgado de la cadena puesta al rojo, pende una masa negra, humeante, carbonizada, una horrenda pasta que en nada recuerda ya a lo humano. Lo que antes era una terrena criatura pensadora, consagrada apasionadamente a lo eterno, una palpitante porción del alma divina, no es ya más que una tremenda basura, está convertida en una masa tan horrible, repugnante y hedionda, que tal panorama acaso hubiera podido edificar durante un instante a Calvino acerca de lo inhumano de su pretensión de arrogarse el ser juez y verdugo de un prójimo suyo."


Stefan Zweig, Castalion Contra Calvino (Castellio gegen Calvin oder Ein Gewissen gegen die Gewaltt), 1936, trad. por Ramón María Tenreiro