terça-feira, 30 de janeiro de 2018

Decididamente, tener tres años no traía nada bueno. Los nipones tenían razón al situar en esa edad el final de la edad divina. Algo —¡tan pronto!— se había perdido, más valioso que todo y que no se recuperaba jamás: una forma de confianza en la perennidad benevolente del mundo.

Les había oído comentar a mis padres que pronto iría al parvulario japonés: una intención que sólo auguraba desastres. ¿Cómo? ¿Abandonar el paraíso? ¿Unirme a un rebaño de niños? ¡Menuda ocurrencia!


Y había algo más grave. Incluso en el mismo seno del jardín, se detectaba cierta inquietud. La naturaleza había alcanzado una especie de saturación. Los árboles eran demasiado verdes, demasiado frondosos, la hierba era demasiado rica, las flores explotaban como si se hubieran alimentado demasiado. Desde la segunda mitad del mes de agosto, las plantas rebosaban del mohín ahito de la mañana siguiente a una orgía. La fuerza vital que yo había experimentado, contenida en cada cosa, se estaba convirtiendo en pesadez.


Sin saberlo, veía revelarse dentro de mí una de las leyes más terribles del universo: lo que no avanza retrocede. Existe el crecimiento y existe la decadencia; entre ambos no hay nada. El apogeo no existe. Se trata de una ilusión. Así, no había verano. Existía una larga primavera, un aumento espectacular de las savias y de los deseos: pero a partir del momento en que aquel crecimiento terminaba, comenzaba la decadencia.


A partir del quince de agosto, la muerte gana la partida. Es cierto que ninguna hoja da la menor señal de chamuscarse; es verdad que los árboles siguen siendo tan frondosos y que su inminente alopecia resulta inimaginable. Las plantas abundan más que nunca, los arrietes prosperan, todo huele a edad de oro. Y, sin embargo, no se trata de la edad de oro, por la simple razón de que la edad de oro es imposible, por la simple razón de que la estabilidad no existe.


A los tres años, no sabía nada de todo eso. Me hallaba a años luz del rey que, al morir, grita: «Lo que debe terminar ya ha terminado». Habría sido incapaz de formular los términos de mi angustia. Pero sentía, sí, sentía que se preparaba la agonía. La naturaleza había ido demasiado lejos: aquello escondía algo.


Si lo hubiera comentado con alguien, me habrían explicado el ciclo de las estaciones. A los tres años, uno no recuerda el año anterior, todavía no ha podido constatar el eterno retorno de lo idéntico, y una nueva estación constituye un desastre irreversible.


A los dos años, uno no se da cuenta de estos cambios y no les da ninguna importancia. A los cuatro, uno los detecta, pero el recuerdo del año precedente los banaliza y desdramatiza. A los tres años, la ansiedad es absoluta; uno lo ve todo y no comprende nada. No existe jurisprudencia mental que consultar para tranquilizarse. A los tres años uno tampoco tiene el reflejo de preguntar en busca de una explicación: uno no es forzosamente consciente de que los mayores tienen más experiencia, y puede que en eso no se equivoque.


A los tres años, uno es un marciano. Resulta apasionante pero terrorífico ser un marciano recién llegado a la Tierra. Uno observa los fenómenos inéditos, opacos. No posee ninguna llave. Hay que inventarse leyes a partir de estas únicas observaciones. Hay que ser aristotélico durante veinticuatro horas al día, lo cual resulta particularmente extenuante cuando uno nunca ha oído hablar de los griegos.


Una golondrina no hace verano. A los tres años, a uno le gustaría saber a partir de qué cantidad de golondrinas se puede creer en algo. Una flor marchita no hace otoño. Dos cadáveres de flores tampoco, sin duda. Eso no impide que la inquietud se instale. ¿A partir de cuántas agonías florales uno deberá, en su cabeza, activar la señal de alarma de la muerte en camino?


Cual Champollion de un creciente caos, me encerré a solas con mi peonza. Sentía que aquel objeto estaba en posesión de informaciones cruciales que ofrecerme. Por desgracia, no comprendía su idioma.

Amélie Nothomb, "Metafísica de los Tubos"
Ed. Anagrama, 2001